La cuerda (1 de 3)

Me levanté por la mañana y la encontré. El extremo de una cuerda atada a la pata de mi cama. La sostuve unos segundos en mis manos. Parecía vieja y áspera, como el cabo de un barco empapado de salitre. La seguí con la mirada y vi que el otro extremo no parecía llegar a ningún lado, tan solo salía de mi dormitorio hacia el salón. Allí descubrí que continuaba hasta la puerta de la calle. Bajé las escaleras dejando que la cuerda se deslizase por la palma de mi mano. No estaba asustado. Por alguna razón su contacto me hacía sentir seguro, como asido a un flotador en medio de la marea. Lo que me daba miedo era soltarla.

Llegué hasta el portal que daba a la calle y salí. La cuerda continuaba por la acera, perdiéndose entre los coches aparcados y la gente que caminaba rápida y furiosa por la mañana.

Nadie parecía darse cuenta, como si fuese lo más normal del mundo ver a alguien siguiendo una cuerda por la calle. Supongo que nadie tiene tiempo de fijarse en esas cosas. Siempre hay un sitio a dónde ir, gente con la que hablar de asuntos importantes. Una cuerda es una cuerda. No hay mucho que pensar.

Yo caminaba con mis zapatillas de andar por casa, con mi pantalón del pijama y mi vieja camiseta de Queen con manchas de lejía. Y la cuerda en mi mano, paso tras paso, calle tras calle.

La gente parecía dejarme pasar entre ellos sin rozarme. Movían sus cuerpos en un baile sin música, ajenos a la sintonía que parecían tocar entre todos. La cuerda resbalaba por mi palma, pero no me hería. El tacto que creí áspero rozaba mis palmas como si fuese de seda, como si unos dedos se entrelazasen con los míos. Yo que había pasado tantas noches siguiendo los caminos equivocados y a las personas equivocadas, por fin parecía tener una guía, algo que tendría un fin, que me llevaría a algún sitio.

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